Daré por supuesto que todos tenemos una noción más o menos igual de por qué hemos de recuperar y estudiar nuestra historia. Por eso, asumo que estarán más o menos de acuerdo con la explicación de que el estudio de la historia nos lleva a entender, relacionar y conocer lo que nos ha precedido, ya sea tan cercano como lo es la historia de nuestras familias en los tiempos de la colonia española o tan lejano como resultan los roces políticos en Europa Oriental durante los últimos cincuenta años. De cualquier manera, nos guste o no, nosotros los hombres y mujeres siempre nos veremos forzados a ver hacia atrás, ya sea por la necesidad de entender nuestro papel en la vida, la necesidad de aprender de los errores de nuestros antepasados o, también, la necesidad de retomar ideas y pensamientos antiguos. Como estas, pueden haber otros cientos de necesidades de las cuales todo ser humano sufre al menos una, por lo menos una vez en su vida.
¡Y es que la historia está en todas partes! Dice Isaac Asimov en uno de sus relatos que el presente vivo no es más que otro termino para el pasado muerto. Desde un simple mural hasta una novela de ficción hacen parte del continuo registro histórico que dejan todos los mortales en su paso por la Tierra. Estas fuentes de información, algunas ortodoxas y algunas muy particulares, no solo nos presentan una visión histórica dada desde el momento que se estudia, sino que nos permite ir en retrospectiva y hacer y analizar nuevos planteamientos, nuevas teorías y nuevos puntos de vista. No sería correcto decir que la historia es estática, pues no es así: la historia está en continuo cambio.
En lo que pocos reparan, sin embargo, es en las diferencias que constan no en la historia misma, sino en la manera en la que se cuenta. A su vez, todo esto es definido por las condiciones en las que se escribe, tanto si son factores a un nivel social, como las costumbres o los tiempos, como si son factores a un nivel individual, como la ideología del escritor y sus emociones con respecto al tema.
Siendo así, podemos decir que hay tres maneras de contar la historia que realmente nos conciernen a la hora de trabajar:
Es tan simple como una película: hay un inicio, un nudo y un desenlace, además de haber actores que se dividen por la clara línea que separa lo “bueno” de lo “malo”. Este tipo de historia es aquella que cuenta con héroes y villanos, no porque así hayan sido en verdad los hechos, sino porque así lo requieren aquellos que cuentan el suceso. Digamos, por ejemplo, que se construye una nueva nación después de una sangrienta revolución y, para incentivar el patriotismo en el corazón de los ciudadanos, el nuevo gobierno apela a la historia de un valiente personaje que lucho sin mesura por la independencia. ¿Sería conveniente citar todas las faltas, errores y posibles asesinatos y barbaridades que cometió este individuo, acompañado todo de los puntos de vista humanos y entendibles de los contrincantes? ¿No sería mejor hacer que quedar a este hombre como un santo, como un héroe que triunfo sobre desalmados e inmisericordes enemigos? Evidentemente, ante esta necesidad de manipular el pensamiento colectivo, se presenta la necesidad de manipular la historia, lo que lleva a que se cuente subjetivamente, sin cuidado por la evidencia histórica y en pro de los intereses de quien la cuenta.
Historia de actores y procesos
No se puede ser más evidente con ese nombre. En efecto, esta manera de relatar la historia se centra en dos factores que son los actores y los procesos, los cuales son simbióticos entre sí. En esta modalidad no hablamos de verdades y mentiras, de héroes y villanos, sino de significancia, de sentido dentro de los contextos; en esta modalidad hablamos no de una objetividad absoluta, sino de un intento por llegar a la misma a través de la comprensión de las razones y de las consecuencias que tuvieron diversos actos en diversos campos (económico, político, etc.) por parte de las diversas partes involucradas. Para ponerlo en palabras simples, sería correcto decir que esto se presenta cuando al relatar un acontecimiento, si bien puedo hacer constar que desacuerdo con el proceder de cierto individuo y apoyo la conducta de algún otro, me permito hacer analizar y entender los motivos, beneficios y perdidas que pudieron haber conducido a ambos actores a cierta circunstancia, a determinado proceso.
Historia desde la cultura
Puede que sea la más compleja de las modalidades que se presentan, puesto que en este tipo de historia no solo entran a jugar los factores de carácter social, económico, político y demás que forman el hecho como tal, sino que se da gran importancia a los factores culturales que definen la manera en como un individuo percibe el hecho y cuál es el significado que le otorga. ¿Cómo podría darle un individuo o una sociedad un significado a un evento, digamos algo como la transición del comunismo al capitalismo, si no se entiende la historia que define a esta nación, sus costumbres, sus ideologías y demás? Este cambio, por ejemplo, tiene un significado diferente para un pueblo como Checoslovaquia, convertido a un sistema comunista gracias a la ocupación soviética, mientras que un pueblo como Rusia, padre de la revolución y ardiente defensor del sistema, le da otro significado. Para entender esto, hemos de pensar la historia desde la cultura.
Por supuesto, podríamos continuar por horas y horas… y horas acerca de otras maneras de contar (e interpretar, acción que también determina el contenido y el sentido de la información) la historia, más este no será el caso. Con estas tres maneras no espero formar una tesis de grado, sino más bien instruir acerca de cómo diversos factores, algunos grandes y otros pequeños, algunos relevantes y algunos simplemente invisibles para nuestras necesidades, pueden cambiar por completo la forma en la que se cuenta, se observa, se analiza y se construye la historia de la humanidad.





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