No hay ciudad que no tenga historia. Ciudades como Berlín, Moscú, Londres y El Cairo cargan a cuestas con siglos enteros de enfrentamientos, sufrimientos, riquezas, tiranías, alianzas y muchas otras bendiciones o padecimientos más de los que desconozcamos. Ciudades como San Petersburgo, Brasilia y Livingston apenas se asoman en el horizonte pero, aunque jóvenes, su significado es tan amplio dentro de las culturas que las edificaron y trasciende más allá de los días de su construcción. Ciudades como Prypiat y Armero ya pasaron el ocaso y, después de su largo o corto pero seguramente trágico relato, el silencio y las ruinas son lo único que queda para dar cuenta del pasado. Pero, sea cual sea, el lugar, lleno de hermosa vida o muerto desde hace décadas, cada uno carga con su propia historia a sus espaldas. Santiago de Cali no es la excepción.
La historia de Santiago de Cali empieza, como tal, en el momento en que Sebastián de Belalcazar así lo declara en 1536. Como es bien sabido, el nombre de la ciudad proviene del nombre del apóstol Santiago y una especie de homenaje hacia los guerreros Calima que Belalcazar llevaba entre sus tropas. Su viaje a estas tierras fue gracias a la ambición por oro, el cual no encontró ni en las tierras, ni en los ríos ni en las comunidades indígenas de la región, los gorriones, una tribu nómada que vivía de la caza y de la pesca. Como era de esperarse, los indígenas llevaron las de perder en cuanto se asentaron los españoles: fueron declarados participantes del demonio, se les clasifico de barbaros y su legado cultural fue diezmado, de modo que no se necesitan antropólogos hoy en día para estudiarlos; más bien se necesitan arqueólogos.
Alrededor de doscientos habitantes conforman la población de Cali en el momento en el que se fundó. No es un sitio muy relevante para la corona por lo que, en sus primeros años, no se experimenta un desarrollo fuerte. Pero todo cambia cuando se establecen los hacendados, que empiezan a arrojar grandes lotes de cultivos, entre ellos la siempre popular azúcar, para el comercio, además de incentivar una de las actividades favoritas de la época: la esclavitud. Los negros, mano de obra barata durante siglos, fueron altamente comerciados en el Valle para trabajar las amplias extensiones de tierra. En el siglo XIX ya es alta la población de esclavos y, con su primera insurrección, se han creado los primero palenques de la región en Corinto, Villa Rica, padilla y otros lugares.
El tiempo avanza y la ciudad hace su mejor esfuerzo para no quedarse atrás. Posee ahora dos calles principales, la calle 4 o La Merced y la calle 5 o Camino Real. Los dos barrios más importantes son Vallado y Santa Rosa y, en una loma de la ciudad, se alza San Antonio, un lugar que hoy en día no es más que lugar de descanso, de cholados y cuenteros, otrora fue una fortaleza creada con el mero propósito de evitar que los esclavos se tomaran Cali.
Cuando Bolívar pasa por Cali, una vez se han sonado las campanas de la libertad y el grito de independencia por toda la nueva granada, se encuentra con una ciudad que ha sido ya incendiada dos veces por los esclavos, que ha sido fragmentada por la Corona y repartida a tan solo ocho familias, que mantiene una incesante lucha de clases. Cuando Bolívar llega, el menor de los problemas de la ciudad era la independencia mas, aun así, los pobres y oprimidos negros reúnen las fuerzas y el coraje de unirse a él y a su lucha por la libertad, no solo de una nación sino de su propia persona (una de las promesas incumplidas por el Libertador, en realidad; pero no había forma de que sus combatientes lo supiesen en el momento y en el furor de la guerra).
Una vez nos independizamos como nación solo para caer en los patéticos procesos de la Patria Boba y la Reconquista, además del hecho de que en la ciudad la educación es regida solo por la iglesia, Cali está en una situación económica difícil. Puesto en palabras simples, Cali no tiene plata. ¿La solución? Solo queda convertirse no únicamente en un factor más dinámico a nivel económico, sino en un factor vital para una economía nacional. Siendo así, Cali aumenta sus vías, su comercio fluvial y llega a convertirse en una ciudad de paso, cosa que permite un desarrollo rápido de su economía y de su infraestructura, lo cual se evidencia en gran medida después de la segunda mitad del siglo cuando, ya con más de 30.000 habitantes, la ciudad empieza la construcción de su sistema de alcantarillado.
La otra mitad de siglo transcurre en medio de este auge económico. De hecho, si bien es ficción, gran parte de la realidad del siglo XIX en el Valle del Cauca puede apreciarse en la obra Maria de Jorge Isaacs, pasando por las relaciones de las altas clases con los esclavos hasta las descripciones de los paisajes y la geografía de la región. Y, no conforme con su precisión histórica, la novela se alza como una de las máximas representantes de la literatura vallecaucana y colombiana. Pero ya basta de María; sigamos con Cali.
Muchos son los cambios que llegan a principios del siglo XX: se conforma, oficialmente y por orden directa del presidente Rafael Vélez, el departamento del Valle del Cauca, con Cali como su capital. Las rutas y los mercados se amplían, lo que lleva a que las elites de la ciudad inviertan en la construcción del ferrocarril del pacifico. Son los hijos de esta elite, la misma que se reúne en clubes y que se permite el lujo de licores diferentes del ya popular aguardiente, los que van a estudiar al por fuera de los márgenes de la ciudad, tal vez a la importante capital o a los Estados Unidos, para volver años después con las ideas de grandes ciudades, de la modernización, de la industria, de las fabricas y todo lo demás. Esta generación es la que empezaría años más tarde la transición a la industrialización de Cali y el resto del Valle del Cauca.
Antes de este proceso de modernización, dado principalmente a finales de los años cuarenta y en los cincuenta, se podía encontrar fácilmente una economía que vivía de la mano de obra barata para la recolección de materia prima y de un alto nivel de manufactura; antes del proceso, los barrios populares iban en continuo crecimiento, siendo los negros su habitante por excelencia; antes del proceso, las consecuencias de una lejana primera y una un cuanto más cercana segunda guerra mundial se hacen notar en la ciudad, pero de maneras casi imperceptibles. De hecho, antes del proceso, Cali era un lugar frio, mientras que hoy en día alguno podrían llamarlo un “paraíso tropical”.
En los años cincuenta, la ciudad empieza a latir: si bien antes se presentaban manifestaciones sociales y culturales, no es sino hasta estos días en los que estas llegan a ser verdaderamente relevantes. El cine, la radio, la danza, la música… ¡todo empieza a construir los significados de lo que es Cali! Los orgullos y problemas de la ciudad se van renovando en estos tiempos, después de La Violencia y de una serie de cambios políticos que se manifiestan a través de toda la nación.
Es en 1970 cuando se ve lo que podríamos llamar una “revolución” en la ciudad. Con la globalización y el desarrollo de una cultura tan rica como lo es la de Santiago de Cali, no pasa mucho tiempo antes de que empiecen a notarse cambios, algunos ínfimos y otros de importancia colosal. La llegada del rock, los movimientos estudiantiles, los juegos panamericanos del 74… ¡ah, y el surgimiento de Andrés Caicedo! Todo es un resultado y, a la vez, resulta en el crecimiento de la ciudad a nivel cultural, de una urbe que ha decidido “mostrarse” al mundo. Pero también hemos de ver el otro lado de la moneda: el crecimiento del narcotráfico es notorio, impregnando desde los niveles más básicos de la sociedad hasta llegar a las elites y los políticos. Si no fuese observador, diría que el crecimiento en infraestructura de la ciudad durante aquella época y el igualmente notorio crecimiento de las actividades ilícitas durante este mismo periodo es solo una coincidencia; pero, siendo buen observador, resulta evidente que esta ciudad se ha erigido y ha crecido sobre los pilares del narcotráfico.
Ya desde los ochentas podríamos decir que gozamos de una identidad bien definida, siendo nuestra feria acogida a nivel nacional y global, la salsa la música que nos representa y nuestra vida parece de fiesta. Por supuesto, esta es la imagen que vendemos, desviando sospechas de poderosos carteles de droga y gobiernos ineficientes que ha tenido la ciudad y la región. Así, es irónico decir que Cali es una tierra de oportunidades: estas no tienen que ser necesariamente legítimas, pero seguro que si están presentes.
Y, por más orgullo o vergüenza que sintamos nosotros los caleños, no podemos negar nuestra historia, la historia de nuestra ciudad. De aquí en adelante, lo que queda es escribirla en vez de leerla.



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